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PORQUE ALZHEIMER ZAMORA SOMOS TODOS, HOY CONOCEMOS A…

Dictino Castaño Rodríguez tiene 66 años y en su vida profesional ha sido ingeniero técnico de obras públicas. Dueño de una empresa de construcción, siempre se ha dedicado a hacer pavimentaciones en los pueblos y carreteras. Hace dos años que se jubiló, fue entonces cuando decidió ofrecer su tiempo al voluntariado en la Asociación Española Contra el Cáncer y, desde hace casi uno, también ayuda a los enfermos de Alzheimer en el Centro Terapéutico de Día ‘Ciudad Jardín’. Nos conoció a través del proyecto ‘ZamHORA: Dona una hora para mejorar la calidad de vida de las personas con Alzheimer’ que pusimos en marcha durante el verano del 2013 junto con la Fundación General de la Universidad de Salamanca. Desde entonces, Dictino forma parte de nuestra familia.

-¿Tenías alguna relación con el Alzheimer?

No, ningún tipo de experiencia.

-¿Qué te empujo a ser voluntario?

Es una enfermedad a la que le tengo terror. Quería echar una mano por si acaso me la tienen que echar a mi algún día. Antes de que me lo den, devolverlo.

– ¿A qué has dedicado tu tiempo con ellos?

A pasear con ellos y hablarles, les hablo todo lo que se me ocurre.

– ¿Habías sido voluntario antes?

Sí, desde hace dos años en el cáncer, ahora con vosotros, y aún me queda un voluntariado por hacer: en Asprosub, es algo que también me impresiona.

– ¿Qué comparación puedes hacer del Alzheimer con tu otro voluntariado?

Para mí es más duro esto que el cáncer. Allí ves de todo, terminales, gente hacienda quimioterapia, radioterapia… Y están luchando por salir adelante, pero los enfermos de Alzheimer no tienen solución, de momento. Espero que pronto la haya, aunque yo ya no llegue a verlo.

– ¿Cuál ha sido tu experiencia desde que llegaste, ¿te ha sorprendido algo?

Era más o menos lo que esperaba, gente con mucha necesidad de no sé qué, porque no sé qué se les puede dar. Más que nada creo que la labor es darles descanso a las familias, porque el tema terrible no es el enfermo, sino quien lo tiene que atender; el enfermo no sé si sufre o no sufre, si está o no está, pero la familia sí está y son los que sufren día y noche.

– ¿Cómo reaccionan los enfermos ante una persona nueva?

Yo creo que no te conocen, con la gente con la que he estado al menos creo que no saben si soy nuevo o viejo. Entonces me limito a darles conversación, a sacarles palabras y con esas palabras me enrollo yo y trato de enrollarles a ellos. Si uno es labrador y tiene un tractor pues hablamos de cuánto trigo cosechaba, y si es maestra, como la enferma con la que acabo de estar, pues hablamos de la escuela, y de que mi mujer también era profesora… Aunque ésta sí se entera bien de las conversaciones.

– Cada persona es diferente.

Hay mucha diferencia, sí. Es una degradación paulatina y de coger a uno en el primer año a cogerlo en el décimo es muy diferente.

-¿Te ha resultado fácil encajar con ellos?

Sí, a cada uno le trato de dar lo que puedo y espero que para algo les valga.

-¿Has creado algún vínculo especial con alguien?

Con Manolo, es un hombre que sabe lo que quiere decir pero no puede decirlo. No encuentra las palabras, él habla y habla, si damos cuatro vueltas al pasillo no para ni un momento, así que cada vez que le entiendo una palabra de su hermano o de su padre pues me trato de enrollar.

-Sin conocer nada previamente del Alzheimer, como es tu caso, ¿animas a cualquiera a que done parte de su tiempo?

No mucha gente sabe que yo vengo aquí, pero siempre que sale el tema les animo, aunque normalmente tienen más cosas que hacer.

-Qué te aportan ellos a ti, ¿por qué sigues tú viniendo?

No lo sé, no lo puedo explicar. Me da una satisfacción al volver a casa el pensar que algo he hecho. Como decía un chaval cacereño que estudiaba conmigo: ‘No hay mayor satisfacción que el deber cumplido’. Pues eso te puede pasar, decir ‘he cumplido’.

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